El elogio: un acto de humildad y generosidad

El elogio: un acto de humildad y generosidad

“Uno puede defenderse de los ataques;

contra el elogio se está indefenso”

Sigmund Freud

La práctica del elogio tiene un efecto poderoso en las vidas de los demás, en nosotros y en nuestras relaciones. ¿Cómo es mejor hacerlo?, ¿cuándo es más oportuno?, ¿hacerlo público o en privado?

El elogio es una forma de demostrar admiración y respeto por la forma en que alguien actúa. Es un acto de humildad y generosidad. Expresarle a alguien que realiza una actividad mejor que uno requiere humildad. Retroalimentar positivamente el buen desempeño de un compañero de trabajo, por ejemplo, puede llegar a estrechar los lazos de compañerismo. Motivar a los estudiantes, reconociendo sus aciertos, contribuye a que desarrollen un concepto positivo de ellos mismos. Agradecer el esfuerzo e interés de la pareja por modificar algunos hábitos molestos refuerza su deseo de seguir intentando agradar. Resaltar el gesto de solidaridad que tuvo un hijo con un amigo lo motiva a repetir el acto solidario con alguien más. Es así de poderoso el efecto del elogio en los demás.

Elogiar es también una forma de reconocernos, a través del otro

Somos capaces de reconocer una virtud en el otro cuando hemos reconocido que esa cualidad habita en nosotros mismos. Así, podemos resaltar el hecho de que un amigo actúa con honestidad porque nosotros también lo hacemos, aunque quizás en diferente medida, de una forma distinta o en otras situaciones. La clave está en identificar lo positivo que se ve en los demás, pero no en uno mismo. Por ejemplo, asumes que nunca actúas con responsabilidad, pero si te tomas el tiempo para reflexionar sobre este aspecto, quizás encuentres circunstancias en las que sí tienes una actitud responsable. Esto es importante porque aceptar la existencia de esas virtudes te fortalece y te completa.

Hay que dosificar los elogios

Cuando se les utiliza con mucha frecuencia, los elogios pierden credibilidad. Fácilmente se puede caer en la adulación: exagerar las cualidades de una persona o incluso inventarlas. Adular es una forma de mentir y la gente lo percibe. Para prodigar un elogio es esencial ser sincero y natural.

Un riesgo en recurrir con demasiada frecuencia a las alabanzas es que el elogiado podría llegar a sentirse obligado a cumplir con nuestra expectativa. En este sentido, elogiar puede ser una forma de poner presión psicológica sobre el otro. Esto ocurre con mayor frecuencia en el caso de los hijos y subordinados.

Hay que dosificar las alabanzas, como se hace con los regalos. Un elogio es un regalo que se da, sobre todo, en el momento en que más se necesita. Pero hay que tener cuidado, porque el exceso de elogios, al igual que el exceso de regalos, puede hacer a una persona arrogante. Dicen que con los cumplidos hay que hacer como con el dinero: no usar más del necesario y no usarlo con el objeto de impresionar. Francisco Gavilán, autor de No se lo digas a nadie,así, advierte que con los halagos hay que hacer como con los medicamentos: aplicar la dosis más fuerte a los que más lo necesitan.

Una buena forma de elogiar

Lo más importante a la hora de ofrecer un cumplido es hacerlo con autenticidad. La adulación se nota y tiene un efecto negativo sobre quien la recibe.

Hay que elogiar las acciones, no a la persona. Por ejemplo, en el caso de un hijo, se puede resaltar la forma en que llevó a cabo el proceso de selección para la universidad y su esfuerzo. Es necesario explicar por qué consideramos que sus acciones son dignas de reconocerse y cuáles son los beneficios de actuar como lo hizo.

Dejar en claro cuál es la actitud o acción que se valora es mejor que hacer un comentario vago como: “¡Bien hecho!”.

En ocasiones es bueno halagar a alguien frente a los demás, pues les puede dar un sentido de reconocimiento y aprobación. Sin embargo, en otras ocasiones es mejor hacerlo en privado, para evitar que otros se sientan menos o surja su resentimiento por no ser los elogiados.

Llevada a cabo de manera natural y tomando en cuenta lo anterior, la práctica del elogio tiene un efecto poderoso en las vidas de los demás, en nosotros y en nuestras relaciones. Es una práctica que contrasta con la mentalidad tipo “lápiz rojo” en la que sin misericordia se subrayan los errores ajenos. Hacer notar lo positivo, sin perder de vista lo que se necesita mejorar, es tocar el piano utilizando todas las teclas de este instrumento. Cuando nos empeñamos en tocar el piano sólo con las teclas negras (cualidades negativas), como si las blancas (cualidades positivas) no existieran, nos perdemos de muchas notas que contribuyen a la riqueza musical.

 

Fuente: El Universal
Autor: Victor Jimenez
Psicólogo del área clínica por la UNAM, con Maestría en Psicoterapia Gestalt por la Universidad Gestalt de América. Tengo una especialidad en Tanatologí­a y formación en Psicoterapia Cognitivo Conductual.

Articulo recuperado de internet
http://blogs.eluniversal.com.mx/weblogs_detalle17837.html

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